
El aroma que surgía de la sartén y el borboriteo de la olla empezaron a producir en ella una creciente anticipación, sintió que le corrían gotas de sudor por la espalda, empapándandole la blusa, que se le h u m e d e c í a en los muslos y se le hacia la boca agua, al tiempo que descubría, sorprendida, las manos elegantes y las espaldas anchas de aquel hombre. Los perros ciegos le llenaron los ojos de lágrimas, la oreja cortada adquirió para ella el valor de una condecoración de guerra y un deseo irresistible de acariciar la cicatriz la estremeció de la cabeza a los pies.
Cuando Van Gogh colocó sobre la mesa una fuente con humeantes tallarines a la pescatore, como los llamó, ella suspiró vencida
Era su principe no-azul
Afrodita, cuentos recetas y otros afrodisíacos
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